Auschwitz, la lucha por preservar la memoria del horror

22/Nov/2017

El País Semanal, España, Guillermo Altares

Auschwitz, la lucha por preservar la memoria del horror

El campo de exterminio nazi de Auschwitz se
enfrenta a un complejo proceso de restauración. Objetivo: preservar su memoria
dejando todo exactamente como estaba cuando fue liberado por los soviéticos.
EL SISTEMA de asesinato masivo de Auschwitz
se basaba en la esperanza y el robo. De ambas cosas quedan profundas huellas
cuando se visita el campo de exterminio nazi alemán en la actualidad. Los
verdugos trataban de engañar a los judíos deportados, que iban a morir en
cuestión de minutos u horas, para que no hubiese intentos de rebelión. En la
antesala de las cámaras de gas les decían que iban a darse una ducha y a
desinfectarse; les pedían que pusiesen el nombre en sus maletas, que atasen los
zapatos por los cordones para no perderlos cuando saliesen… No importa las
fotografías que se hayan visto: es imposible no sentir un escalofrío al
contemplar el inmenso montón de zapatos que dejaron atrás las víctimas. Y,
cuando se mira de cerca y se descubren un par de botas de niño atadas por los
cordones, indicio de que fue gaseado, se visualiza la magnitud del crimen
cometido allí, pero también se comprende hasta qué punto los mínimos detalles
son importantes en este lugar de la muerte.
Cuando en la tarde del sábado 27 de enero
de 1945 los soldados del 60º Cuerpo del Ejército de la URSS liberaron
Auschwitz-Birkenau, construido por Alemania en la Polonia ocupada (de hecho, en
un territorio anexionado al Reich), los SS habían dinamitado las cámaras de gas
y evacuado el campo. Pero, rápidamente, los soviéticos descubrieron que algo
horrible había ocurrido allí. Según los datos que ofrece la investigadora
Sybille Steinbacher en Auschwitz (Melusina), encontraron 600 cadáveres; 7.000
presos más cerca de la muerte que de la vida; 837.000 vestidos, muchos de ellos
de niños; 44.000 pares de zapatos, y 7,7 toneladas de pelo, preparadas en
fardos para ser transportadas (se calcula que pertenecían a miles de mujeres).
Dos años después de su liberación, en 1947,
el campo fue convertido en un museo, sobre todo gracias a la insistencia de los
supervivientes, que se dieron cuenta enseguida de que tenían la obligación
moral de preservarlo. Ahora, 70 años después, el Museo Estatal Auschwitz-Birkenau,
campo nazi alemán de concentración y exterminio (1940-1945), según la
definición de la Unesco que lo declaró patrimonio de la humanidad en 1979, se
enfrenta al mayor proyecto de restauración de su historia, que tiene un único
objetivo: que todo quede exactamente igual a como estaba aquel sábado en el que
los soldados soviéticos descubrieron un mal imposible de concebir.
“Todas
las decisiones sobre la conservación de Auschwitz son morales”, explica Piotr
M. A. Cywinski, director del museo desde 2006. Tocado con una genuina boina navarra,
este historiador, alto, de larga barba y rotundo orador, agrega: “Este lugar es
mucho más que un museo. El impacto de la autenticidad es enorme y nos espera
muchísimo trabajo. Es un plan único en el mundo. No hay nada que se le parezca.
Eso nos permite planificar la conservación para los próximos 20 años no solo de
los edificios, sino de todo tipo de objetos”.
Cywinski dirige un proyecto de una
complejidad enorme y sometido al escrutinio de historiadores, supervivientes y
Gobiernos, pero también de los negacionistas, dispuestos a colarse por
cualquier resquicio para mantener vivas sus criminales teorías. La restauración
del campo necesitaba primero financiación, para lo que se creó en 2009 la
Fundación Auschwitz. El presidente de su comité en EEUU es el empresario Ronald
S. Lauder. Ha logrado recaudar 112 millones de dólares entre diferentes países
(España ha contribuido con unos modestos 100.000 euros), personalidades —como
Steven Spielberg— e instituciones. Pero Auschwitz no es un museo cualquiera, ni
siquiera es exactamente un museo: es un inmenso cementerio, el lugar donde se
perpetró el mayor asesinato de la historia —por allí pasaron 1,3 millones de
personas y 1,1 fueron asesinadas, en su mayoría judíos, 870.000 de ellos en las
cámaras de gas nada más llegar— y, por lo tanto, el escenario de un crimen que
todavía se está investigando. Mientras queden testigos y perpetradores vivos,
Auschwitz es una causa abierta.
Y todo eso —la memoria, el respeto a las
víctimas, las evidencias procesales, la autenticidad— está sobre el tablero
cada vez que se toma una decisión. De hecho, el llamado Consejo Internacional
de Auschwitz, que agrupa a historiadores y supervivientes, se reúne dos veces
al año para debatir las intervenciones. Aunque su función es consultiva, es una
voz insoslayable, pese a que la responsabilidad final corresponda a las
autoridades del museo, que dependen del Estado polaco. En total, el plan de
conservación incluye 45 barracones de ladrillo, 22 barracones de madera, 21
torres de vigilancia pequeñas y 6 grandes, 270 metros de material de archivo,
39.000 negativos, 3.800 maletas, 470 prótesis, 250 ropajes religiosos judíos,
40 kilos de gafas, 12.000 instrumentos de cocina, 110.000 zapatos…
Expuestos detrás de un cristal, en una sala
en penumbra, los cabellos son una prueba indiscutible de lo que ocurrió allí.
Pero, como materia orgánica, se deterioran y necesitan un proceso muy complejo
para conservarse. Tras años de debate, los responsables de Auschwitz decidieron
que no iban a adoptar ninguna medida, que la naturaleza debía seguir su curso.
Fue un superviviente e historiador jefe del Yad Vashem, el Museo del Holocausto
de Jerusalén, Israel Gutman, ya fallecido, el que cerró la discusión durante un
largo encuentro del Consejo Internacional de Auschwitz. Según relata el
director del museo, Gutman explicó: “Ese pelo existe, no podemos negarlo. No
creo que tengamos el mandato para tomar la decisión de conservarlo o
destruirlo. Mientras exista, existirá, y cuando se convierta en polvo serán las
siguientes generaciones las que tengan que tomar la decisión sobre qué hacer
con él”. Mientras tanto, la dirección del museo se enfrenta a un problema cada
vez más cercano. Además de la restauración, el proyecto de Auschwitz incluye la
construcción de un nuevo pabellón para la colección permanente, dado que la
exposición actual data de los cincuenta y se ha quedado muy anticuada. El pelo
deberá ser trasladado a su nueva ubicación, pero nadie sabe todavía cómo.
Auschwitz fue, desde el principio, un lugar
diferente dentro del sistema de terror nazi. Primero por su tamaño: fue pensado
para 30.000 presos en un momento en que había 20.000 en toda Alemania. El
primer campo se abrió en unos antiguos edificios abandonados del Ejército
polaco, en las afueras de la ciudad de Oswiecim, que los alemanes rebautizaron
Auschwitz. Cuando se creó, en 1940, no estaba todavía destinado a matar judíos:
el objetivo era aniquilar a los opositores e intelectuales polacos dentro del
proyecto de borrar del mapa el país, invadido por Alemania en septiembre de
1939. De hecho, las primeras víctimas gaseadas fueron polacos y prisioneros de
guerra soviéticos.
Auschwitz II-Birkenau se construyó a un
kilómetro un año más tarde, en 1941: tenía una capacidad mucho más grande
(llegó a encarcelar hasta 90.000 presos en 1944) y sí formaba parte del plan
para exterminar a los judíos de Europa. Albergó hasta cuatro cámaras de gas
funcionando a la vez y cerca del 80% de los deportados que llegaban eran
exterminados inmediatamente, tras la tristemente famosa selección realizada por
médicos de las SS. El otro 20% eran condenados a trabajar ­hasta la muerte (la
esperanza de vida no superaba los tres meses). También existió un tercer campo,
­Auschwitz III-Monowitz, construido para el gigante químico IG Farben: de los
35.000 presos que trabajaron allí como esclavos, 25.000 murieron. Toda la red
de subcampos en los que los deportados eran esclavizados es uno de los aspectos
menos conocidos del sistema de Auschwitz.
Birkenau era, por lo tanto, un gigantesco campo
de exterminio, pero también de concentración. Este hecho permitió que
sobreviviesen muchos testigos, pero también la mayoría de las instalaciones
que, en otros casos, habían sido desmanteladas. Los otros campos de exterminio,
construidos todos en la Polonia ocupada, eran muy pequeños: su único objetivo
era el asesinato industrial —lo que convierte al Holocausto en un crimen sin
precedentes—. Todos los deportados eran asesinados al llegar, por lo tanto no
quedaron ni huellas ni casi relatos de las víctimas. De Belzec, en el que
fueron asesinadas entre 500.000 y 600.000 personas, solo se conservan dos
testimonios. Esos campos fueron completamente arrasados por los nazis. Pese al
intento de borrar sus huellas, no pudieron hacer lo mismo con Auschwitz.
“Nuestro
objetivo es devolver la vida a los objetos que pertenecieron a víctimas que
vivieron y murieron en un mundo en el que todo estaba destinado a
deshumanizarlas”, señala Beata Schulman, directora de desarrollo del Comité de
la Fundación Auschwitz-Birkenau. Pero, antes de intervenir, es necesario
entender toda la historia del objeto. Los zapatos son fotografiados antes de
ser tratados para dejarlos exactamente en el mismo estado en que se
encontraban. Lo mismo ocurre con las camillas destinadas a transportar los
muertos, los cepillos de dientes —especialmente difíciles de conservar porque
su composición hace que se deterioren con facilidad—, las maletas —cada una de
ellas recibe tres semanas de tratamiento y luego son almacenadas en unos
armarios especiales, que acaban de ser construidos—, incluso las latas
herrumbrosas de Zyklon B, el veneno que se utilizó en las cámaras de gas. Los
textiles, en cambio, se tratan fuera. Hasta los árboles son arrancados
periódicamente y replantados con el mismo tamaño.
“Antes
y después del proceso todo tiene que quedar igual”, asegura Marta Swieton,
miembro del equipo de restauradores, en uno de los laboratorios de Auschwitz,
un complejo dotado de última tecnología. “No podemos alterar nada. Todo el
trabajo está destinado a conservar su originalidad porque cada objeto es
testigo de una historia”. Swieton muestra el mapa original de un barracón de
madera de Birkenau, elaborado por un arquitecto de las SS durante la
construcción del campo. En principio, estaba destinado a 530 personas, pero uno
de los autores lo aumentó, con una corrección a mano, hasta las 734. Ese
pequeño cambio representó mucho más sufrimiento, humillación y una menor
esperanza de vida para cada uno de los deportados.
Varios pabellones de Auschwitz I, macizos
edificios de ladrillo, se conservan igual que cuando fueron abandonados. Están
las literas, los dibujos de los presos —recuperados tras un minucioso proceso—,
la suciedad en los cuartos de baño —otra forma de tortura era que los
deportados, muchos de ellos con disentería, solo podían utilizarlos dos veces
al día—. Toda la intervención de ese lugar se basó en el respeto de ese
contexto. Por ejemplo, las marcas en algunas paredes fueron realizadas por el
roce de las literas y así quedaron. También se conservó la mugre.
En Birkenau, construido con materiales que
no estaban destinados a perdurar, es todo mucho más complicado. Se descartó muy
pronto reconstruir las cámaras de gas, aunque sí se están llevando a cabo
trabajos para asentar las ruinas y evitar que sean engullidas por la tierra. La
mayoría de los barracones de madera fueron destruidos —por eso el paisaje es
una inmensa planicie salpicada de chimeneas de ladrillo—, pero los que quedan
han sido tratados. Sin embargo, en una parte del campo los edificios fueron
construidos con ladrillo y su estado es muy delicado. Dos enormes tiendas de
campaña blancas protegen los trabajos de restauración de dos de estos
barracones. Están siendo sometidos a un intenso tratamiento que durará varios
meses. Antes de empezar, los técnicos estuvieron tres años estudiando su
estructura para utilizar los mismos materiales originales. No tenían nada a lo
que agarrarse porque normalmente esos edificios de ladrillo barato de los años
treinta no se conservan: se derriban y se ­construyen nuevos. Pero en Auschwitz
no se puede hacer. Conservar la originalidad es conservar la memoria. “Y cuando
hayamos terminado todo, tendremos que volver a empezar”, asegura Agnieszka
Tanistra-­Rózanowska, jefa del plan de conservación.
Pero la conservación de Auschwitz no es
solo material. “Todos los genocidios empiezan con palabras”, señala Pawel
Sawicki, historiador, miembro del equipo de prensa y experimentado guía del
campo. El auge del antisemitismo en Europa representa una advertencia, un recuerdo
de la necesidad de conservación, pero también ha tenido a Auschwitz como
objetivo: su famoso cartel Arbeit macht frei —“el trabajo os hará libres”— (con
la B mayúscula dibujada al revés) fue robado por neonazis en 2009. La
diversidad de las víctimas —judías en su inmensa mayoría, pero también polacas,
gitanas, rusas— ha provocado también roces, como cuando se construyó un
convento junto al campo en los años ochenta, que fue desmantelado en los
noventa.
El turismo masivo también representa un
desafío: en 2016, Auschwitz recibió dos millones de visitantes, cuatro veces
más que diez años antes. Además, por primera vez una exposición con objetos de
Auschwitz, organizada por la compañía española Musealia, podrá verse en
diferentes lugares del mundo: su gira empezará en Madrid el 1 de diciembre y se
prolongará hasta junio. En Cracovia, la ciudad polaca situada a 60 kilómetros
del campo, se ofrecen excursiones de día a Auschwitz por todos lados. Existe un
riesgo de trivialización —por eso se fomentan las visitas guiadas en 16
idiomas—, pero, como explica Jonathan Ornstein, director ejecutivo del Centro
Comunitario Judío de Cracovia, donde la comunidad hebrea ha vivido un
renacimiento en los últimos años, “lo que ocurrió en Auschwitz es tan
inconmensurable que tiene su propia categoría. Si no va mucha gente nos
lamentaríamos. Me parece muy interesante que vayan tantos visitantes”. Pero,
por encima de todo, el trabajo de restauración es un homenaje a las víctimas, a
aquel niño asesinado en las cámaras de gas que obedeció la orden de atar los
cordones de sus zapatos pensando que en unos pocos minutos los iba a recuperar.